Propera trobada:

foto de Les Borges del Camp: Tere Balañá.

Propera trobada: .... dijous 23 de desembre a dos quarts de vuit del vespre
Comentarem: El pes de la papallona d'Erri de Luca

diumenge, 5 de desembre de 2010

Arde el musgo gris, Thor Vilhjálmsson






LA NOCHE DEL PASTOR.

Anochecer en un valle deshabitado. El sol se pierde hacia lo invisible, al otro lado de la cresta del valle, tras las lomas del oeste. El agradecimiento de la tierra por el día que concluye asciende como una neblina violácea en el lejano poniente y el sol no tiene ya más que un breve trecho hasta quedar oculto detrás de las lomas, su despedida se extiende por el mundo con delicados colores. La hierba se vuelve oro y el musgo gris que cubre la lava empieza a arder.

Y las ovejas están inmóviles en las laderas, añoran la inconsistencia del día, cuando la hierba era verde y terrenal, y tan saludable que el verde jugo les corría por los labios. Ahora están quietas mirando, sin moverse; como si mirasen algo muy especial, o admirando el paisaje, quizá como unos viajeros. Pero se dan la vuelta para seguir mordisqueando la pendiente. Y de pronto echan a correr por las rocas y los achaparrados matos de hierba y los verdes pedregales, cruzan con saltos alocados los cauces de arroyos secos, donde en primavera se oían voces y canciones en los ecos del rocoso valle. Pero la parte más alta tiene roquedales ocres, y los peñascos se recortan contra el cielo azulado.

Y una oveja bala triste, llora en su idioma; y el eco abre nuevos espacios, multiplica el valle. Y el viento susurra a los oídos, despierto para la velada; las sombras se oscurecen, como ojos que miran hacia dentro. Se alargan, como si las estirara el viento, que sopla, sin embargo, en dirección contraria.

Allí hay dos ovejas, una negra y blanca la otra; miran a lo lejos al hombre que se acerca lentamente, solo, mientras cada piedra se va independizando de su propia sombra.

Y en esa nueva luz enrojecedora que prende sombra tras sombra con una llama sagrada que vive por la tierra entera; allí las imágenes empiezan a retozar en la montaña; las rocas evocan rasgos míticos, y presagios, y sucesos que evocan el mundo de los hombres, imágenes que han huido de las circunstancias humanas y se vuelven con mensajes recién bautizados hacia los sentidos del hombre que camina, y le exigen que les sirva de mensajero.

Oye balar pesarosa a la oveja, muy arriba en la montaña, pero no la ve aunque la busque con la mirada y aunque trepe por una barrancada, y las ovejas que antes lo habían estado mirando a él desaparecen a toda prisa hacia las rosadas nubes del levante.

Y el sol desaparece en el oeste. Las montañas violetas exhalan neblina. Mientras los contornos de las colinas y las lomas más cercanas se hacen más nítidos, la tierra se vuelve más y más como ella misma es; la distancia destruye toda materialidad, y se cierne cada vez más semejante a un poema.

El hombre sabía que una raposa le había rebatado el cordero a la oveja, no podía hacer nada.

Entristecido fue hacia la laguna hacia el fondo del valle, y hasta que hubo llegado a la orilla no vió a los cisnes en el agua. Se sentó entonces sobre un matojo de musgo. Vio el macho aproximarse con noble presencia, el cuello arqueado y la cabeza bien alta, el pico hacia abajo como si estuviera reflexionando. Entonces la curva del cuello se distendió y la garganta se estiró en alargadas notas, y el canto voló sobre el agua, resonó por todo el páramo, como si la quietud del atardecer hubiera estado esperándolo. Y llegó la respuesta desde el nido donde su esposa incubaba los huevos. Mientras él se acercaba recorriendo en zigzag, contra corriente, el último trecho, bajó la cabeza y la estiró casi totalmente horizontal hacia el nido. Allí, otra cabeza se alzó para recibirle y se inclinó hacia él, y los cuellos se rozaron. Fuera cual fuera el significado de lo que se dijeron, la que estaba en el nido alzó suavemente las alas extendidas como para dejarle ver por un instante los preciados huevos que reposaban sobre su pecho. Volvió a recoger las alas, muy despacio, para protegerlos de nuevo, y cabezas y cuellos ascendieron y bajaron, y tejieron entre los dos una red invisible. Mientras una brisa fría empezaba a acariciar el agua y a peinar la hierba de la orilla.

Thor Vilhjálmsson (1925): escriptor islandès.

Islàndia: el lloc on voldria marxar cada matí.

5 comentaris:

  1. Preciós! Quina manera de dibuixar l'escena! L'haurem d'apuntar a la llista. O sí més no a la llista dels que m'hauràs de deixar per poder-me reclamar després i retornar-lo al seu forat de la teva magnífica prestatgeria.

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  2. Jajajaj! Jo te'l deixaria encantada de la vida, però és de la biblioteca de Salt. Me l'han portat amb el servei de prestec interbibliotecari, o algo així.
    No pateixis que quan tingui la llista feta dels que si que són meus, te la faré arribar. I ja trias! :D

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  3. M'ha fet gràcia la Magda amb això del préstec de llibres i m'ha fet recordar la frase que diu que hi ha dos classes de "tontos", els que deixen llibres i els que els tornen".

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